Autorretrato

Dicen que nací en Málaga en 1974, pero yo tengo aún mis dudas. La primera vez que asomé mi rostro a un espejo hallé a un niño taciturno que no cejaba en su empeño de atrincherarse tras sus lentes de tres centímetros de espesor. Ingresé en un colegio de curas siendo un caso perdido y concluí mi formación siendo un líder cruento. Confundí pubertad con rebeldía y vandalismo. Cada curso que superaba, un padre agustino se daba por vencido y en sentido figurado se quitaba la vida. Vivir era para mí una contienda diaria contra aquellos que osaban meter el dedo en la llaga y remover mis complejos.

Pero un día alcanzó mis oídos el rumor de que yo era adoptado. Lo que al principio creí una flecha envenenada acabó siendo un beso de mariposa. Se desbordó mi fantasía y comencé a soñar despierto. En tanto recordaba cada día de mi vida con mis padres adoptivos, imaginaba cada noche de mi vida con mis padres auténticos. Pronto me vi en el jardín de los senderos que se bifurcan de Borges. ¿Por qué derroteros habrían discurrido mis pasos en caso de permanecer en mi tierra natal? De esa forma despertó mi interés por escribir historias e inventar exóticas procedencias. En realidad yo era el hijo ilegítimo de un famoso derviche de Benarés y fui vendido al peor postor en el mercado negro. No, en realidad yo había nacido en el seno de una familia hippie de Bocas del Toro y era hijo de una ceramista morfinómana.

¿O era una vendedora de orquídeas? ¿O una cantante de boleros? ¿O una prostituta? El amor libre es así: entraña gran dificultad saber a ciencia cierta la identidad de tus progenitores. Pero no, en realidad yo había sido concebido en un poblado palafítico de Tahití y era hijo de un surfista nativo. Una vez escritas y enviadas todas aquellas elucubraciones obtuve para mi sorpresa el Premio de Literatura Juvenil Gustavo Adolfo Bécquer 1999 y el premio mayor de conocer personalmente al poeta José Hierro. Días después abrí por casualidad un viejo arcón y encontré mi partida de nacimiento. Le sacudí el polvo y los insectos y limpié mis gafas con frenesí. En realidad no era adoptado. Aunque me costase aceptarlo, era hijo de mis padres y había nacido en Málaga en 1974. Me habían estafado los artífices del rumor. Pero no hay mal que por bien no venga y aquella mentira me condujo a la verdad, la verdad de escribir. Ahora amaso palabras con una disciplina marcial, quién lo diría, yo que abanderaba la insumisión. Y el derviche y la ceramista, la vendedora de orquídeas y la cantante de boleros, la prostituta y el surfista son personajes infinitamente más reales que las personas de carne y hueso.

Todos residen aquí, en el recodo más preciado de mi pensamiento, donde nadie pueda encontrarlos.

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