El jinete austero (fragmento del relato)

Tras una espesa arboleda se adivina un caserón. Se oye galopar y a contraluz se aproxima una figura a lomos de un caballo. De pronto el animal se detiene bruscamente. Relincha, alza las patas… A continuación suena una aparatosa caída.

-¡Me gusta el vino porque el vino es bueno, pero cuando el agua mana pura y cristalina de la madre tierra…! ¡Más me gusta el vino! –recita Abelardo con frenesí-.Abelardo levanta una bota de vino y bebe, ofrece a Carlitos que secándose el sudor con la manga niega con la cabeza-.
-Tú mismo –musita Abelardo con rostro de decepción-. Así no vas a llegar a nada. ¡Te advierto que yo en mi empresa no quiero maricones!
Abelardo guarda la bota y se incorpora. Se cuelga al hombro la escopeta y ambos emprenden la marcha.

-Yo calculo que por lo menos serían un millón –presume Abelardo-. ¡Imagina una bandada de un millón de torcaces! –clama Abelardo en tanto Carlitos le mira con incredulidad-. ¡¿Qué pasa?! ¡¿Acaso no me crees?! –le inquiere Abelardo e inmediatamente Carlitos asiente con la cabeza-. Ah, bueno… -concluye Abelardo-. Creía…
-Cada vez que se elevaban, oscurecían el cielo –recuerda Abelardo con deleite-. Al final se posaron en mi sembrado para comer. Entonces corrí a casa, cogí la vieja carabina de mi abuelo y le metí pólvora. La cargué al menos con cien municiones, agité tres veces la varilla -acompañándose de un enérgico aspaviento y Carlitos asintiendo, dejándose impresionar- y luego salí de allí dispuesto a abatir el mayor número de palomas posible. Me aproximé despacio. Yo era como un jaguar. Porque tú sabes que cuando quiero yo puedo ser muy sigiloso, ¿verdad? -dando a Carlitos con el codo-.
-¡Hombre, claro! -agrega Carlitos, encogiéndose de hombros-.
-Apunté –continúa Abelardo-. Me tomé mi tiempo… Y pasados diez segundos… ¡Disparé! –le detalla lleno de orgullo-. Después me dispuse a recoger todas las piezas. Una. Dos. Tres. Cuatro… Así hasta cien.
-¡¿En serio?! –pregunta Carlitos con escepticismo-.
-¡Pero calla! ¡Que ahí no queda la cosa! Cuando me iba, oí un chapoteo en el río y fui a mirar. Con las prisas había olvidado sacar la varilla de la carabina. O sea, que había disparado con ella dentro y… No te lo vas a creer… ¡Qué puntería la mía! En el mismo tiro ensarté un salmón de… ¡Doce, trece, veinte kilos, qué sé yo! ¡Una pieza descomunal! –indica Abelardo, deteniéndose de pronto y agarrando del brazo a Carlitos-. ¡¿Acaso no me crees?!
-Sí, sí. Si tú lo dices –masculla Carlitos, zafándose de Abelardo y adelantándose unos metros-.
-¡Niño, ¿dónde vas?! –vocifera Abelardo-. ¡Por ahí es más corto! –señalando en otra dirección-.
-Pero… Si pone Coto Privado de Caza –apuntando Carlitos con el dedo a un diminuto cartel que hay apoyado contra el tronco de un arbusto-.
-¡¿Y?! –le replica Abelardo con ínfulas-. Yo soy Abelardo Reina. ¿Acaso piensas que voy a dar un rodeo de cinco kilómetros? Yo hablo con quien haga falta y me tienen que dejar pasar. ¡¿O no?! –profiere Abelardo y Carlitos asiente-.
Los dos cazadores pasan por debajo de una cadena oxidada. Carlitos echa a andar y Abelardo se queda rezagado, con el ceño fruncido y expresión de duda, mirando a ambos lados. A sus ojos la sierra es idéntica por todos los flancos.

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